viernes, 26 de mayo de 2017

Agnosia

Nombre. f. Incapacidad para reconocer e identificar las informaciones que llegan a través de los sentidos, especialmente la vista.


No saber.

No saber, ni acordarme de las cosas que me eran importantes. No saber cuándo sale el sol por Compostela y cuando debutará la lluvia.
No saber porque el corazón se cansa y no lucha, no sangra.
No saber en qué día andas viviendo porque todos se convirtieron en el mismo. Uno solo.
A escasas horas de la miel, que amenaza con rozarte los labios en sueños.
Aunque ni haya miel en el tarro ni sea siempre primavera.

No saber las canciones y necesitar cantarlas para desatar tifones sobre las antípodas.
No saber de que forma comprimir más tu cerebro para que se disuelvan los restos de tu energía.
No saber si no te ha mirado por falta de belleza o excesos de compromiso.

No saber si la toalla se tira, seca, moja o envuelve cuerpo y protege corazón.
No saber cómo decir lo que duele, cómo soltar lo que alegra o cómo dejar la mente en blanco.

No saber si la última vez fue esa, o la anterior.
No saber lo que pasas en el mundo por no tener tiempo, pues todo lo inviertes en saberes que nunca terminarás de saber.

No saber si la vida te va a durar siempre, lo que tú te esperas o si se te escapa.
No saber si el siempre, siempre significa lo mismo y el nunca no.
No saber si las gotas corren o vuelan hasta tus mejillas.
Si el mar, depende de la luz, se ve aguamarina o turquesa.
Si las lágrimas saben saladas o dulces según el motivo que las derrame.
No saber si es estás en el desvío correcto.
Definiendo correcto como el que te dicta el corazón.
Querer aprovechar la vida a ciegas y acabar con los lamentos.

No saber nada.
Y querer  saberlo todo.


lunes, 22 de mayo de 2017

Óbito

La habíamos visto reír de cerca y de lejos. Ganaba mucho en las distancias cortas. Helaba hasta el calor más sofocante del desierto con tan solo despegar los labios. Se los pintaba de un color berenjena que le quitaba la última de las vidas que hubiera podido tener- si alguna vez las tuvo.
Vestía según el día, siempre en tonos oscuros pero los martes era la reina del baile. Elegante y sofisticada- y lista para salir en la contraportada de las mejores revistas. Decían que nunca había hablado con nadie, que ningún alma tenía el suficiente valor para acercársele.
Sin embargo, era la única que se atrevía a hacer pactos con el demonio- sin palabras. Le prometió cielo, tierra y mar con tal de tenerlo comiendo de su mano. Arriesgó todos los ases de corazones de la baraja y se guardó en la manga de su chaqueta un as de picas destrozado.
Decían que destrozado porque sobre él habían caído restos de la lágrimas, de sudor, sangre y piedras y ya apenas se distinguía la simbología de color tizón sobre el lienzo blanco.
El demonio no sabía nada de ases. Él prefería jugar construyendo una escalera de color.
Inepto de él- se sintió engañado cuando ella le enseñó a quemarse con su propio fuego. Dejó de mirar y se sintió desvanecer cuando, al buscarla de nuevo, no encontró el reflejo de un pelo que tanto le calmaba las heridas.
Se había enamorado de una belleza fría. Fría por el hastío, por el paso del tiempo y los olvidos. Fría que bajo toda aquella coraza de invierno, aún guardaba un músculo rojo sangre que se revelaba contra las leyes de la naturaleza. Que quería seguir latiendo y querer a voces.
Ambos habíamos decidido rondarla. Descubrir si eran ciertas todas las habladurías. Llevábamos tiempo viviendo en el mundo a escondidas. Pensábamos que no podíamos más, que todo el peso  era responsabilidad nuestra y lo cargábamos sobre los hombros.
No la conocíamos de nada pero nos había arrancado de cuajo pedazos de nuestros corazones.
Qué ingenuos éramos entonces. 
Débiles, no aptos para la vida bajo grandes presiones. Al borde de todos los colapsos inimaginables.
Sólo queríamos decir adiós. Sin importar el quien, el cómo o el dónde.
Todos los martes y trece la esperábamos bajo la escalera. Los días impares me tocaba romper los espejos, mientras él derramaba montañas de sal. Los pares cambiábamos las tornas y algún fin de semana suelto nos cruzábamos con los gatos negros.
La buscábamos en callejones oscuros, en los ojos de los perdidos. Llegamos a buscarla en la tristeza de los finales y en las últimas páginas de los libros más macabros,
pero nada.
Era ella quien decidía cuando aparecerse y estaba claro que con nosotros no tenía planes por el momento.
Eramos nosotros los que queríamos buscarla, pero porque no cesaba de atormentarnos la idea de un viaje a cualquier otra parte.
Ironías de la vida, que siempre haya sido al revés.
Por eso y porque muerte, dicen que es nombre de mujer.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Fantasmas del pasado

Nos hemos convertido en eso.
En otro de los fantasmas del pasado que vaga por entre vagones de metro.

Siempre he querido probar la vida de la capital pero
si tuviera que elegir una ciudad donde perderme con mi fantasma 
sería Roma.
Tanto tú como yo elegimos aquella maravilla como último destino.
Siempre nos quisimos creer Audrey Hepburn y Gregory Peck recorriendo los alrededores del Coliseo en vespa, por un afortunado accidente.

Podrán seguir pasando años pero sé que tu recuerdo regresará a mi el mismo día de mayo.
Lo bueno que tuvimos, aunque efímero, fue que nos construímos sobre ganas y sonrisas.

Noche de mayo.
Fuera hay quienes no quieren seguir con la vida; otros, exprimen la noche por encima de sus posibilidades  porque le tienen miedo al día.
Hay quienes, como yo, les invade la morriña en días señalados.
Hay tatuajes que se quedan en la piel sin tinta.

Suena Rosana. 'Si tú no estás aquí' como sabiendo lo que sucede, golpea mis oídos y los de mi fantasma.

Compostela está igual de confusa y colapsada que nosotros.
No sabe si llorar o reír, si llover o quemar. Pero está preciosa, como siempre.

Me recuerda a ti, a lo mucho que te gusta descubrir nuevas ciudades lo que disfrutas viajando y viendo mundo, y aún no conoces la mía.

Puede que no volvamos a sernos, pero aún tenemos muchas cosas que decir, muchos paseos en globo que se quedaron en el tintero y aquel viaje,
a Roma.


(Vacaciones en Roma- Audrey Hepburn y Gregory Peck)


lunes, 15 de mayo de 2017

El imbécil más afortunado del planeta

Juegas a sentir las gotas de lluvia sobre tu pelo. A no despreciar ninguna.
Siempre has adorado el agua.

Las tontas de las gotas se confunden con las perlas que emergen de tus ojos. No consigo distinguir cuál es cual.
Me pregunto desde no tan lejos porqué estarás llorando. Maldigo mil y una las veces que hayan podido inundar esos ojos que carecen de salida de emergencia. Mi cabeza divaga sobre qué rondara la tuya.

Mientras, adivino el vapor que te avisa de que la ducha tiene la temperatura perfecta.
Para no llegar a más extremos.
Terminas de deslizar los restos de tu ropa interior por entre las piernas, y acaban en algún lugar de tu habitación fuera de mi campo de visión.

Cierras la ventana de la vida, y te alejas de los grises que contrastan con la alegría de los transeuntes.
El dorso de tus manos se estrella contra tus mejillas y desprecia los restos de humedades que ahondan las cuencas de tus ojos.

Y luego te me desapareces.

Siete minutos.
Es el tiempo que tardas en volver a aparecer por tu ventana cubierta entre toallas.
Yo no he apartado la mirada de las únicas luces que descubrí en el edificio.

A veces necesitamos esas duchas eternas de siete minutos.
Para que el cuerpo hierva y la piel se torne sonrosada. Esas duchas en las que encuentras las respuestas a tus problemas.

Ya no tienes lágrimas. Parece que ahora te has vestido de sonrisa. ¿Eres así siempre?
Me recuerdas al mar. A cuanto echo de menos las tardes con ella. Te pareces mucho.
No recuerdo su nombre, o no quiero recordarlo.

Te acercas al armario y jugueteas indecisa con las prendas del interior. Eliges una sudadera de una talla demasiado grande.
No te la pongas, quédate así.

Pero tú no me oyes los pensamientos.
Ni siquiera sabes que te espío desde mi ventana, entre las sombras.

Te colocas la sudadera y los recuerdos regresan a mi cabeza.
Claro que me acuerdo de su nombre.
Marina.

No te pareces. Eres tú.

Soy el idiota que te rompió el corazón.
El estúpido que te dejó escapar.
El que no sabe cómo explicarte que perderte fue pecado capital.

Llevas puesto lo único que te quedó de mi.
Los restos de la arena que quedaban en ella ya no los veo.
Has cambiado las olas y los atardeceres por la lluvia.
Las balas, por los conciertos, y las risas por las lágrimas.

Me pregunto si ahora también preferirás el norte, a tu querido sur.

Tengo miedo a decirte que no te he olvidado.
A que el “no" vuelva a ser el juez de nuestra historia y la distancia, mi abogada de oficio.

No había vuelto a saber de ti.
Hasta aquel noviembre que decidí venir a buscarte al norte.
Venía con el propósito de convencerte de que me gustaba ser contigo. Quería pedirte perdón.

Y las malditas casualidades de la vida, o las bromas del destino han vuelto a apostarlo todo para ganar. Llegué al hotel en el que me hospedaba y salí a la ventana. Necesitaba un cigarrillo.
Hasta allí habían llegado las excusas.

Cuando, de pronto, te vi.
No podría confundir las ondas de tu pelo cuando te pones a bailar. 
Bailabas a carcajadas en el edificio de enfrente. No podía ver con quién hablabas pero reías.

Y cómo echaba de menos esa risa, Marina.

Te vi feliz y me dio miedo.
No quería ser yo el que derrumbara de nuevo tu felicidad.
Así que aquí estoy.
Alargando el viaje y las oportunidades.
A 72 horas de volver a ser humano, plantado ante la ventana. Sin encender las luces.
Hay dos cajetillas de tabaco en el suelo, y miles de colillas en el cenicero. Mi aliento apesta a cerveza y yo no me resisto a echarte de menos.

Iba a volver mañana. A desearte feliz vida en silencio. Hasta que ha empezado a llover de nuevo. Y con la lluvia, tus lágrimas.

Entonces sé que tengo que recuperarte.
Empleo siete minutos en decidir mi vida bajo el agua hirviendo. Bajo y pregunto en recepción dónde puedo comprar girasoles.

La floristería no queda lejos. Me acerco y consigo lo que quería. No quedaban girasoles pero servirán. Regreso sobre mis pasos y marco tu número al llegar a tu portal.

Contestas al segundo. Creo que habías borrado mi número a juzgar de tus prisas.
-¿Si?- Preguntas seria.
-Marina…
Se te corta la respiración al otro lado de la línea. Tendría que haber subido de nuevo a mi ventana.
-Nacho.- Dices entonces.- ¿Qué tal? ¿Pasa algo?

Venga, imbécil. Dile que baje. Que tienes algo para ella.

-Sólo quería saber cómo estabas y que bajaras a por algo.
-¿Bajar? ¿Qué hay abajo?
-Yo.

No te doy oportunidad a contestar. Pulso el botón rojo y espero. Te veo bajar apresurada por las escaleras. Llevas mi sudadera y unos vaqueros. Abres la puerta indecisa y me miras pidiéndome explicaciones.
Pero a mi solo me sale empezar por donde lo dejamos. Así que busco entre tus labios un beso que siempre llevó mi nombre.
Y te lo digo todo al oído. Luego las flores y tus ojos.
Veo en ellos que hay esperanza, perdón y ganas. Y que los reproches se quedaron en la ducha, con las lágrimas y los corazones rotos.
Y siento.
Más que nunca, y más que siempre.
Me siento bien, comprendido y contigo.

Y me declaro el imbécil más afortunado del planeta.



viernes, 5 de mayo de 2017

Apaga las estrellas

¿Alguna vez os han preguntado cuál era vuestro mejor recuerdo de alguien que ya no está?

A mi tampoco.
Pero si que lo he pensado.

Mi mejor recuerdo con ellas, y de ellas, son sus risas.
Sus risas que nos ponía contentos a todos, que nos entraban ganas de volver cada tarde solo por la compañía.

Sus risas que no se escuchan en el aire, pero no paran de resonar en mi cabeza.

Ellas, que se reían incluso cuando el mundo las desbordaba.
Ellas, que decidieron cargar familias a sus espaldas sin importar el precio o el esfuerzo.
Ellas, que lo han hecho todo toda la vida de buena gana y un día faltan sus huellas sobre la arena.
Ellas, que adoraban la playa, ya forman parte del mar del sur.

Y ahora es cuando emerge de entre las olas la añoranza. Cuando el cariño compite con las nubes en el horizonte.
A veces nos cuesta respirar ante tanta inmensidad con el peso de un recuerdo pero, cuando se trata de sus risas, yo siempre me siento volar.
Habéis conseguido lo que queríais, vivir. Vivir bien, vivir siempre y hacer volar a quiénes os recuerdan riendo.

Nunca imaginé que la falta pudiera hacerse persona, que tomase nombre y forma y lo arrasara todo a su paso.
Dos años comenzados con dos golpes de los que no vislumbras cura.
Nunca imaginé que 'echar de menos' le daría la mano al 'doler'. Hasta entonces.
Enero, y febrero, distintos años en meses consecutivos, menos de un año.
Meses que siempre me han gustado, pero desde hace poco, detesto con fuerza.

Mes en que vi la luz, por primera vez años atrás; mes en que ella terminó de cerrar los ojos.
Y luego otro enero, cuando empezaba a doler menos, otros ojos persiguieron un sueño eterno.

No sé exactamente en qué consiste el viaje de desaparecer del mapa.
Todo el mundo habla de ello, pero le tienen tanto miedo como respeto.

Estéis donde estéis.
Seguid riendo como lo recuerdo.



Leyendo a Rayden

Hay quien entiende la poesía como desorden ordenado, como caos milimétrico decorado en palabras bonitas.
-Quiénes quieren entenderla.
Un tetris de palabras exactas, monocromas, cumpliendo su función de manera extraordinaria.

Hay muchos poetas,
y luego está ella,
la POESÍA- que no atiende a razones.

Quienes la absorben en sus momentos de despecho, quienes se deshacen en ella, quienes la queman por no saber olvidar sentimientos desesperados.
Hay quienes, los versos les sirven de faro o de timón según sean más de mar o de tierra.
Hay quienes siguen afirmando que Poesía es nombre de mujer, y que es la madre de quien hechizó las letras.
Hay quien la usa para teletransportarse en el mundo a sus siete maravillas, quien la exprime porque le gusta la demasiado la filosofía.
Hay quien la oye, pero no la escucha.
Hay quien se tropieza con ella en bares o escaparates.
Quienes la comparten entre caña y copa.
Hay quien la prefiere en madrugadas, en noches de lluvia y velas o en tardes de verano.
Quien la deleita, quien la lee, quien la versa, quien la canta.
Hay algunos que todavía la prefieren sola que acompañada, que la piden morena, porque de rubias están las tabernas llenas.

pero, ¿quién hay?

Aún hay quienes no la entienden, a quiénes sus rimas no le arañan, quienes por no parar, no encuentran lo que no buscaban.

Es abril y mi vida no es la misma que hace un par de horas.
Como siempre o como nunca, acabo de terminar de hacer el amor con la poesía.
En voz alta- no podía ser de otra forma.
Queriendo dar alas a toda experiencia,
real o inventada que amenaza con escapar a borbotones de mi cabeza
fluyendo con versos.

He terminado "Terminamos y otros poemas sin terminar"y, que queréis que os diga, quien lo escribió es uno de los mejores encantadores de palabras de nuestros días.
Rayden o el genio de David, podeís llamarlo como gustéis.

Y a él, tenemos el privilegio y la suerte de compartirlo en vida.
¿Cuánto quisimos preguntarle a Bécquer, a Cernuda?¿Cuánto a Mario Benedetti, Alberti?
¿Quién no sigue llorando la muerte de Lorca sin conocerlo?

Con David Martínez somos capaces de seguir sus progresos, de no olvidar los ojos que nos conducen a todas las salidas de emergencia por las que nos planteamos la huída.
Siempre me he sentido insegura, y he dudado de todo, menos de estar viva.
Supongo que dudar es humano, ¿no?

Nunca he terminado de sanar el dolor del corazón por mi sola pero,
sé que soy experta en hacerme daño y adorar a la poesía en partes iguales.
Gracias, David, por tu parte de culpa.

Sé que siempre pueden decirte lo mismo y que está en tu mano tomarlo de una forma, de otra o incluso no tomarlo, pero te digo algo más:
En el sur, de donde vengo, siempre termina por salir el sol y hoy, curiosamente, no se ha dejado ver.
Ha entendido que se quita el sombrero ante tu magia.
Me dijo que los versos y los besos, solo los repartes tú.
Que tenía miedo de salir y que no le mirasen.
El mar olea algo triste, en su escala de grises.

Y yo, que no me sé ni en que fase camina esta noche la luna, muero de ganas de que vuelvas para contármelo.



martes, 2 de mayo de 2017

Desquerida

'Come away with me in the night'

Suena Norah.
Domingo lluvioso de abril y ella piensa en el daño.

En lo que significa, lo que abarca. Piensa en hasta dónde se extiende.
En quién lo hace y quién lo siente.

Percibe muchos dolores distintos pero no alcanza a discernir cuáles son exactamente sus diferencias.
¿Que si le duele algo?
La pregunta de aquel conductor de autobús la persigue sin descanso.
No le ha contestado nada.

Si. Podría decir que si.
Le duele algo.
Pero no ha encontrado ese dolor en los libros.

Ella cree que le duele el alma.
Cree que es eso, porque no se parece a ningún otro dolor que haya experimentado.
Porque no se resuelve con remedios de farmacia, no con cuidados excesivos, los ha probado todos.
Sin embargo, si que cede a los abrazos.
Y se termina al notar los besos, o el cariño.

Es un dolor del que se convence que el tiempo hará desaparecer, pero siempre vuelve a recordarle que nunca olvida.

Es un dolor que arrebata sueños, que arrasa temporales, que abre amaneceres desde las arenas más profundas.

Y detrás de todo, detrás de su dolor, de las gotas de lluvia, de los domingos, detrás de Norah Jones calmándole las primaveras,
estás tú.

Que le aseguras que esta vez no va a doler. Que le susurras al oído que vas a hacer de superheroe, que se atreva a ser tu Lois Laine. Que ésta es la definitiva, y que no piensas soltarla nunca.

Pero estás equivocado porque ella no es tuya.
Nunca lo fue y se ha vuelto tan escéptica que ya no se traga los cuentos de hadas.


Liv Tyler

Cortocircuitos

Mi cabeza ha comenzado a desvariar. Hace días que tiene interferencias.

Se dedica a grabar como 'inolvidables' momentos que sé que nunca volveré a utilizar o sitios en los que -por suerte o por desgracia- no me verán perderme.
En definitiva, basura.

Memoria selectiva, la llaman.
Pero es que la mía tiene vida propia.
Y cuando más aprietas las cuerdas que se ciernen sobre sus sentidos,
más libertad necesitan.
Tienen de todo menos suficiente.

La estúpida de mi cabeza me domina
y suprime el poco espacio que me queda para las cosas indispensables.

Necesito control sobre mi misma y que la mente deje de pasearse por los lúgubres bares del olvido.

Por ejemplo, te puedo decir todas las veces que me crucé con tus ojos, o todos los días que te sentí respirar sobre mi nuca por acercarme a alguna fragancia similar tuya.

Podría relatar sin equivocarme, cómo te reías los días de lluvia. Todo porque yo la odiaba.
Cómo adorabas verme enfadada, decías que así te enamoraste de mi: siendo yo en contra del mundo.

Sin embargo no recuerdo el contenido de los tres últimos exámenes, o cuantos folios llevo pasados en una tarde. Se me empiezan a olvidar incluso las fechas señaladas.

Me he enemistado con las listas, los esquemas y los números. Los evito si me los encuentro sobre mis días.

Mi cabeza sólo sabe reflotar muchos recuerdos sin vida.
Muchos recuerdos que dejaron heridas abiertas y que creí esconder demasiado bien.

Recuerdos que ya no importan porque ni somos ni estamos.
De cómo nunca quise enamorarme, y menos de ti, siempre por miedo a un futuro incierto.

Pero el día que dijeron en clase de la vida eso de 'uno nunca elige de quien se enamora', yo no estaba presente.


Estaría demasiado ocupada aprendiéndote de memoria.



viernes, 28 de abril de 2017

Montar o desmontar corazones del Ikea

El lado derecho del corazón siempre fue de la luna, siempre quiso vivir colgado del cielo
Entre creciente y menguante y estar mas cerca de Marte.
Pero no era único, el lado derecho.

También el lado izquierdo buscaba formar parte de la naturaleza.
Quiso nadar con sirenas y surcar sus siete mares,
también llegar de polo a polo, saltándose los glaciares.

El lado izquierdo jugaba a ser sol.
Quiso salir antes que nadie y guardarse el calor de un abrazo para siempre
en un bolsillo del pantalón.
Y quiso brillar con demasiada intensidad todos los agostos.

Y esto fue así hasta que el corazón se derrumbó enfermo.
Hasta que le faltaron los aires del sur y
las penas, hechas escombros, amenazaban sus buenas vidas.

Así fue como dejó de latir.
Como con el ultimo suspiro,
dejó que la luna se hiciese sol; y el sol jugara a ser luna.

Así fue como fuimos destrozando la naturaleza hasta que ya no quedó nada.

Y nos quedamos a ciegas.
Los astros dejaron de ser; el corazón, de latir
y nosotros sólos con la absurda compañía de mil dolores de cabeza.

Fue el absurdo instante en que dejamos de creer en el amor.

El corazón heló sin que fuera invierno, y a nuestra primavera, le faltaban colores y algún que otro cantar de altos vuelos.

Y yo,
que moría por cada rincón de tu alma, dejé de ser dependiente.
Dejé de quererte aprendiendo-no sin esfuerzo- a desenamorarme.
Dejé de ser tú, para verme.

Pero nadie nos dijo que no se podía vivir sin corazón y
fuerzas en mano, le buscamos solución.

Ahora montamos y desmontamos los corazones de madera ligera en tres sencillos pasos.
Son de color blanco, no pesan nada pero traen demasiados tornillos.
Se venden a buen precio en unos grandes almacenes y se han puesto de moda.

Ahora si tengo dudas busco en las instrucciones del ikea para saber cómo montarlo.
Pero siempre que esparzo las piezas sobre la alfombra del pequeño salón acabo de la misma manera.
Uniendo las tres piezas más bonitas de la forma más impensable.
Y ante el precipicio del no saber, descuelgo un teléfono de pared de los que ya no quedan,
esperando a que 'atención al cliente' me atienda y entienda
y decida contarme en persona cómo montar corazones.

Vienen rápido, o eso dicen.
Nunca he tenido valor como para comprobarlo.

Me pasa que me arrepiento y termino colgando al tercer tono.

No quiero que venga nadie a desmontar mi corazón defectuoso.

Echo de menos latir, extraño mucho al amor y echo de menos el rojo.


martes, 18 de abril de 2017

Cuenta conmigo.

-¿En qué momento dejas de verle las soluciones múltiples a un estúpido problema?

Creo que es cuando no quedan ganas de seguir. Cuando los descosidos se convierten en rotos permanentes y las agujas y los hilos desaparecieron del costurero.

Cuando por falta de costumbre se nos olvidó coser.
Cuando las noches se convierten en días eternos, y las ojeras son la única señal que muestra tus preocupaciones al mundo. Cuando no compartes lo que te pesa.

Los problemas dejan de tener solución cuando no te molestas en buscarla o no los llamas por su nombre y los escondes.

O cuando llaman a tu puerta y tú no abres porque estás muy segura de que te fallan las fuerzas, de que no te interesa lo que tienen que contarte y de que el tiempo inevitablemente se nos escapa.

Pero te digo algo: Es cierto que entre dos los problemas del mundo no van a desaparecer. Pero  ¿y los de tu mundo? ¿qué me dices de ellos?

Cuando los problemas son en voz alta se vuelven un poco menos problema. Se te aclaran las ideas, y adivinas una tenue luz al final del camino, que te enseña lo que siempre has querido pero nunca has terminado de aceptar.
El peso se reparte. No es lo mismo cargar sobre dos hombro que sobre cientos. Cientos que lo único que buscan es algo de confianza.

Y ya ni te recuerdo el alivio. El hecho de dormir y soñar en blanco porque no quedan preocupaciones en el fondo de tu memoria. Tan sólo la felicidad de las pequeñas cosas y lo realmente importante.
Por eso, guárdatelo para ti si quieres. Pero me enseñaron que sólo vas a sufrir hasta donde estés dispuesta.

Date la vuelta. Joder, vuélvete. ¿Qué es lo que realmente necesitas?
Estoy aquí. Cuenta conmigo.


Nos da miedo ser nosotros



Ahora que vivir en pareja tiene fecha de caducidad. Que lo máximo que se dura juntos es una infancia. Que no nos esforzamos en arreglar las cosas.
Ahora, tenemos que reaccionar.

Llegó el momento de abrir los ojos.


Tengo una teoría.

Creo que ya no aguantamos vivir en pareja porque no nos aguantamos ni a nosotros mismos- menos aguantaremos a alguien que nos comparta una rutina.
Porque no terminamos de sentirnos a gusto con nosotros mismos.
E intento vagar por mi cabeza, adivinar el momento que hizo que la ficción superase a la realidad.
Adivinar cuando cambiamos los abrazos por el mundo virtual, y las experiencias por el sofá de casa.

Hace poco leí que todo esto ha pasado porque nos da miedo ser nosotros.
Cómo vamos a terminar saliendo adelante si no sabemos quedarnos solos con nuestro interior.
¿Cuándo nos cogimos miedo?

Como corroboran los últimos estudios, sentimos la necesidad de cariño virtual por no escuchar las voces de nuestras cabezas. Nos han enseñado a anular nuestros pensamientos.
Un relleno que llena nuestra vida dejándola paradójicamente vacía de nosotros.
Y detrás de este relleno está la ansiedad por querer saber más, y el deseo frenético de ‘compartir’.

Ha llegado un punto de muy difícil retorno.

Somos esclavos de las tecnologías.

Si no nos contestan en milésimas de segundos, están enfadados con nosotros. Si llevamos días sin hablar, ya nos olvidaron. Si nos quedamos sin batería, nos aburrimos. Si no tenemos conexión, la vida es una mierda. Si no compartimos momento, hora y lugar de nuestro día a día, no estamos vivos. Si se nos rompe el móvil, la culpa la tienen los de nuestro alrededor y se lo hacemos pagar con malas caras y modos.

Las máquinas controlan nuestros actos, nos supeditan a vivir la vida de los demás tras una pantalla, nos despiertan antes de que amanezca, o de madrugada si cometemos la estupidez de no ponerlas en silencio.

No condicionan los lugares a visitar: Que tenga enchufes, que haya wifi, que sin cobertura me muero, que necesito la mejor cámara para enseñarle al mundo lo bien que va todo-cuando la realidad es bien distinta.

La realidad es que somos personas inmensas en su soledad pidiendo a un mundo hostil una pizca de cariño.
Un cariño que no llega porque cada cual está ocupado en seguir presumiendo de vida.


Ya lo andan diciendo con eso de ‘las máquinas dominarán el mundo’.
Un momento. No es futuro.
No maquillemos también los verbos
(Volvamos a la nueva creencia de nada es lo que parece. Y las apariencias son lo verdaderamente importante. No quiero ser como soy, quiero ser como el resto.)

Ya lo hacen.
Las máquinas nos dominan- pero he descubierto que sólo hasta donde nosotros estamos dispuestos a dejarles.

Quizá el problema resida en que nos hemos olvidado de vivir la vida.
Y hemos concedido a las máquinas del demonio el beneficio de la duda, que desbanquen a la raza humana.



(Joaquin Phoenix- 'Her')




domingo, 9 de abril de 2017

Tienes la culpa de que sea feliz

Creo que se pueden tener personas favoritas.
Personas que te hagan de bálsamo y de adrenalina según el momento que estés surcando.
Esas con las que secar lágrimas enternece, pero reír es la mejor de las aventuras.

Llevo tiempo pensándolo: 
Eres una de mis personas favoritas.

Puede que esto suene a lo de siempre.
Que seamos dos más que lo tienen todo dicho, pero a mi me apetecía recordártelo otra vez.

Por si sufres pérdidas de memorias y se te olvida que voy a estar siempre contigo, por si no puedes más y te crees que se acaban los sueños cuando abres los ojos. Por si alguna vez se te ocurriera apagar los restos de aquella hoguera de San Juan que nos hizo cruzarnos para siempre.

Me apetecía recordarte lo especial que eres y lo mucho que te quiero.
El mundo tiene muchas personas viviendo y pisoteándolo día a día, y qué paradoja que cada persona sea un mismísimo mundo.

Me gustaría saber cuantos mundos encontraríamos entonces sobre el planeta tierra si nos diera por buscar.
Y cuantas vidas estarían conectadas por el detalle más insignificante.
Eres uno de los especiales de mi mundo, y con eso, me basta.

Gracias por no asustarte de mis lágrimas , por no salir corriendo las veces que has descubierto mis miedos, por cogerme la mano cuando me creo eso de la inmensidad del mundo.
Gracias, por enseñarme a ver un vaso medio lleno de ilusiones y dejarme volar con los pies en la tierra. 
Gracias por las llamadas en los peores momentos, porque siempre me ha gustado escuchar tu voz para borrar tantos kilómetros.
Gracias por estrellarme contra mis sueños, animarme a cumplirlos y no rechistar las veces que sabías que me equivocaría.
Gracias por ese hueco perfecto que me dejas entre tus brazos, por las veces que me  dormí escuchándote el corazón.
Pero sobre todo- siempre decimos que la felicidad es un estado, que eso de sentimiento es muy ambiguo, que no hay palabra mas abstracta.
Pienso que la felicidad esta en todas partes, que las personas podemos tener la culpa de ella. Y tú tienes gran parte de la mía.- gracias, por ser uno de los culpables de que sea feliz.


No sé dónde está mi yo.

No saber si te abrochas la zapatilla o deshaces la lazada.


No saber si aterriza o despega el avión.


No saber si lloras de alegría o por desconsuelo.


Realmente sé cuál es la opción pero mi yo, mi profundo yo, amor por ese calor nuestro en tus sabanas.


Y es así Julia, no quiero contigo perder ni un minuto de vida. Es así, es por mí, por lo que desde la lejanía nos abrazamos. Soy un puto iluso pensando que puedo coger las riendas del destino, para caer desbocados en el pozo de nuestros demonios. Lo correcto, lo incorrecto estamos medidos, nos ponen límites, nos ponen cada rail por el cual pasa el tren de nuestra vida. ¡Es egoísmo, es heliocentrismo! es lo que mi cabeza critica cada vez que pienso en abrazarte, besarte, rozarte… Decíamos: “nuestro consuelo es que es lo correcto” No es una esperanza para nada, pero todo está dicho o queda por decir, y yo por ti estoy dispuesto a morir, o vivir.


Suena música en mi cuarto y sé cuando estás en él, sé cuando pienso en ti, o cuando te echo de menos... Hoy no madrugaría con tal de bailarle a tu piel de madrugada más. Brindaba por esa serendipia, que un día te puso en mi vida; ahora me derramo pensando que algún día te olvide.


El equilibrio imposible  de esta historia de amor, un equilibrio el cual cae siempre por el mismo lado, por tu lado, lleno de amor. A veces me quema a veces hiela, cada suspiro que mi tórax arranca del motor. La balanza que mide nuestro amor sin ninguna compasión dicta sentencia. 

 

-Chino inoportuno



sábado, 1 de abril de 2017

'Yesterday' The Beatles, en bucle

Visto desde fuera nadie sabría explicar quién acciona el mecanismo de sus cabezas.
Noche cerrada.
Madrugada en Compostela y los estudiantes han decidido adelantar la fiesta. Un día menos.
Se acerca abril y el hielo ha decidido dar tregua a las ganas.
Desde la calle se aprecian sólo las luces de aquellos que se acostarán por la mañana.
Los que le dan al vicio y se les vienen abajo todos los esquemas antes del fin de semana.

De entre todas las calles. Una.
No es larga, ni bonita, pero si céntrica.
Una que alberga otra de tantas viviendas en las que se mascan sur y primavera.

Las voces vuelan demasiado altas para conocerse.
La música, por debajo de las expectativas
y dos de casualidad que juegan a verse de cerca.
'Quién, cómo y de dónde has salido tú.
Que haces que no hablas.'
Lo suficiente para contar media vida entre suspiros.

Miradas ajenas que se empeñan en opinar ya tienen veredicto,
y un 'Sí. Adelante' se abre paso entre las patas de las sillas.
Aprueban la elección y ella sigue atropellándolo con sus palabras.
Teme que si frena, la conversación se vaya.

Pero no sabe que él se siente como pez en el agua.
Le parece más bonita cada palabra que recalca,
y le gusta eso de no saber a dónde lleva ni lo que pasa.
Siempre ha vivido la noche sin planes,
dejándose llevar por la lluvia-
Lluvia que esta noche no aparece, y por eso está tan perdido.

Se gustan.
No piensan en complicarse.
Se han gustado desde que se han visto y más ahora que se están descubriendo  en palabras.

Ella canta y él pone las canciones.
Y sin saberlo, la suya.
Ella se emociona pero sabe disimular.
Se pregunta cuántas veces la habrá escuchado en el silencio de su alcoba.

Va pasando la noche.
Y todas las vidas del piso de sur y primavera se trasladan a la oscuridad.
Cientos de personas metidas entre paredes negras.
Alcohol en vena y algo de música para todo tipo de problemas.
Se adivinan la silueta gracias a tímidas bombillas de colores.
Y cerveza tras otra, él la saca a bailar.
Y sabe cómo. Y no se pierde un detalle.
Pero se pierde.
Llegan otras vidas. Todas las inseguridades, todos los qué diran.
Se lo llevan a ninguna parte.

Y las ilusiones se desvanecen y ellos se quedan con la idea de querer.


jueves, 30 de marzo de 2017

No te canses de mirar

Mírala.

Cómo escucha a Sabina en bucle pero los jueves prefiere bailar las canciones de Michael Bublé.
Cómo sale de puntillas siempre que terminan sus duchas con complejo de concierto.
O cómo se queda con los detalles grabados en la memoria.

Mírala.

Cómo baila 'Toro' de El Columpio asesino, cuando está en las últimas.
Cómo odia la cerveza, pero cuánto le gusta el tequila.

Deléitate con su silueta.
Que a ti parece que te deja.
Porque luego llega el sexo opuesto y apuesto,
y sólo sabe hacer bailar sus pendientes sobre las orejas.

Mírala.
Cómo no permite que se inmiscuyan en su vida,
pero sin conocer a un príncipe desencantado cualquiera,
le regala el corazón.

Qué extraña, pero qué dulce
la anarquía de su cabeza.
Y a la vez que pequeña parecen sus miras.

Mírala.
Cómo tiene consejos para todos
los que no sean ella
que los reutiliza ajados y sin vez primera.

Mirala llorar.
Me han contado que es cuando más bonita está.

Mírala reír de todo menos de la brisa del mar.

Mírala atenta, distraída, disfrutada y aburrida.
Mírala feliz y desenfadada.

Pero mírala, y no te canses de mirar.




















(Steve McQueen, Ali MacGraw)

miércoles, 29 de marzo de 2017

Era el chico perfecto en la persona equivocada

Era el chico perfecto en la persona equivocada.

Se había encaprichado de las ondas que hacía su pelo al levantarse.
Adoraba las esquinas de su risa.
Y esa manera tan resuelta de echar a andar el mundo y de poner las calles bien temprano, que tenía su ella por las mañanas.

Pero no le gustaba nada engancharse.
Pensaba que el simple hecho de querer a alguien te volvía débil y te arrancaba la libertad de cuajo.

Le gustaban miércoles por la tarde.
Cuando, al salir de clase, los días de sol podía ver atardecer en Compostela.

Terminaba con un té en el bar de siempre.
La libreta y bolígrafo que descansaban en el bolsillo izquierdo de su chaqueta,
le dejaban sangrar sus heridas.

Contar ordenadamente todos los desvaríos que le susurraba su cabeza.

Y si ella no bajaba a verle, él se impedía odiarla por ello.
Aunque tampoco se permitía el lujo de echarla de menos.
No era más que la niña de la que se habían enamorado sus ojos.
Pero a él no se lo ganaría nunca.

Se cuestionaba todos los días si vivir soñando o soñar viviendo.
Iba y venía por puertas de atrás, pero su deseo siempre fue abrir un mar de  ventanas,
que las oportunidades se sacaran de debajo de las piedras.

Era bueno en lo suyo. En inventar, en vivir y en ser proyecto de algo que no le pegaba nada.
Pero ¿quienes eran ellos para juzgarlo?
Para crear estereotipos de algo que ni ellos tenían definido.

Era el chico perfecto.
Para ella, que lo miraba desde debajo de las penas.
Para la chica invisible, la otra.
Para ella, que suspiraba en silencio, poder cruzar la mirada con sus ojos.

Era la persona idónea para dejar apoyadas las risas.
Y ella lo sabía.

La de las mil soluciones para un único problema.
La de todos los caminos llevan a Roma pero tienes que recorrerlos conmigo.
La quédate a vivir, que no voy a enamorarme.

Dame una oportunidad, se decía ella.
Conóceme- Gritaba en silencio.

Después veremos si mi voz encaja con las cuerdas de tu guitarra,
si preferimos el frío del norte o los atardeceres del sur.
Después vienes, y me dices que te parezco.
Y si quieres me besas.
Y me dejas que te quiera.

Mientras tanto, dejémonos llevar.
No vamos a hacer daño a nadie.






domingo, 26 de marzo de 2017

Madrid quedaba lejos y abril venía lluvioso

Tenía el mundo- su mundo- metido en una caracola. Había aprendido, tras mucho dolerse, a priorizar. A discernir entre lo imprescindible y lo irrelevante.

La suya era una caracola de las que sólo encuentras con las primeras luces del alba cuando baja la marea, sobre la orilla.

Recordaba llegar a aquella playa algún que otro verano con las lágrimas de San Lorenzo. En su 600 antiguo. Con él, su saxo y el sexo metidos en la guantera.

Aquellas mañanas vinieron cargadas de olas y vacías de paseantes. Vinieron repletas de risas y de inicios.
Demasiada tempestad para un agosto salteando acordes. Demasiada admiración para un corazón que sólo buscaba cariño.

Tenía su mundo colgado sobre el cuello. En el corazón de una caracola.
Todo lo que tenía significado para ella pendía sobre la línea perfecta de ambos hombros con el inicio de las clavículas,
y se mecía con los vientos del sur.

Cuando pasó el verano, él le dijo que volvieran a Madrid, que tirara la caracola y se dejara de cuentos. Que si de verdad se querían...

'¿Pero que era querer?' Pensó ella.
¿Querer era perseguir a alguien  hasta un fin del mundo que nadie se tragaba? ¿Era renunciar a los sueños propios? ¿Era borrar raíces?

-Tatuémonos, lo mismo.- Le dijo él.- Así seremos uno.
Así sabrás que vamos en serio, y que te quiero.

Esto último como palabras sin voz, al oído y cosquilleando mechones con sabor a sal.

Y las piernas de ella flaquearon, pero se negó.

Y él se fue.

Sin maletas, sin recuerdos de ambos, sin un futuro prometedor.
Sólo.
Con un par de euros en los bolsillos y el saxofón colgado a su espalda.
Con los brazos repletos de amuletos y de tinta.
Con su corazón.

Ella no necesitaba la tinta para saber que lo quería.

Sólo necesitaba que alguien entendiera sus domingos. Que la despertara con un beso sobre la escápula. Y bailar compartiendo metros cuadrados para dos.
Y algún paseo de la mano hasta la Círculo de bellas artes. Pero por encima de todo estaba su sur.

Y Madrid quedaba lejos para volver a arrastrar el seiscientos. Y abril se presentaba lluvioso, más que en los refranes.



lunes, 20 de marzo de 2017

Tenía demasiadas dudas


Los restos de los rayos del sol recortaban su silueta sobre la ventana de un tercer piso.
Nadie, más que su sombra y el humo de un cigarrillo efímero, era consciente de las dudas tan grandes que escondía su cabeza.
Nadie se paró a mirar los ojos de aquel hombre, con ojos de niño, que destrozaba otro domingo desde otro edificio de la gran ciudad.
Tenía demasiadas dudas.
Dudas de si podría con todo, de si estaría haciendo o no lo correcto, de si disfrutar de la vida le estaba permitido.
Dudas sobre si hizo bien en dejarla marchar la noche anterior, después de aquella colisión frontal con sus labios.

Todo ello quedó suspendido en la última calada. Aspiró hondo y volvió a mezclar tantas dudas con el aire del norte.
Aunque hacía días que le dolía en un rincón del costado izquierdo, justo bajo los latidos, se sentía cómodo inmerso en aquella sensación de triste soledad.

Así, pensó, no tendría que dar explicaciones, tampoco despedirse de las vidas que llevaba pegadas a las líneas que surcaban sus ojos cansados.
Así, dolería menos la vuelta a la cruda realidad.
Se encaminó hacia el último estante. La cerveza ya no estaba fría, las horas de sueño se acumulaban bajo el alféizar de la ventana  y su miedo volvía a salir a flote, a pesar de la última paliza en aquel ring de los sueños.
Bajó las escaleras, despojándose de las dudas, y quedando en la más profunda desnudez decidió darse otra oportunidad.
Aunque supo que ella no regresaría, que la luna se había adelantado en su busca, decidió descolgar el auricular del teléfono de la planta baja de un duplex demasiado vetusto, y llamarla.

Como esperaba, nadie contestó al otro lado.
Ya se lo avisó ella antes de irse. Si la dejaba marchar, no habría más te quieros de broma sobre las sábanas. Tampoco más reencuentros sobre las estrellas.
Pero él lo intentó una vez.

-Soy yo...Vuelve. No por nada pero, ¿quieres oírlo? Si. Has hecho que te eche de menos. Ya sé que me dijiste que no había marcha atrás, pero vuelve.

Y después colgó.
No le dijo que el dolor del costado tenía herida previa, y que ésta se la había hecho ella con los labios. Tampoco le dijo que aunque se sentía bien en aquella soledad, se había acostumbrado a su aroma y a sus despertares.
Ni que se había aferrado a sus regresos como puntos de partida de la semana, y ahora el lunes se le venía encima y ella no estaba para calmarle los silencios.

Sólo podía esperar.

Y confiar en que ella se diera cuenta de aquellos cuatro versos sobre la línea media de su espalda, escritos con tinta de pluma. Y que la tristeza, no hubiera borrado los corazones.

martes, 14 de marzo de 2017

Sálvame los martes

Vuélame los lunes.
Haz que mi cabeza deje de dar vueltas sobre ti misma,
y sobre mi.
¿Me harías un favor? Ayúdame a no sentirme sola entre multitudes.
A descubrir cuáles son las vidas que realmente vienen para quedarse.

Vuélame los sueños,
cuéntame secretos que sean sólo tuyos.
Alunízate, por una noche, con el brillo de mis ojos.

Sal de mi cabeza, rómpete en pedazos,
achica el rumor de tus cosquillas en mi oído.

Esfúmate de mis ideas- ellas quieren querer libres.

No quieras sentirte centro de una historia de la que todos salimos mal parados.
No hieras vidas que no te signifiquen nada [como la mía].

Ahora ya no vale- con la boca chica
(porque seguirá valiendo todas las veces que nos seamos).

Se gastaron los domingos por el rastro,
Malasaña, ya nos conoce demasiado bien
Sabe que dejaste de ser Peter cuando fuiste a buscar pan.

Porque lo aprendiste tan bien, eso de confiar en tu propia sombra.
Trepaste al balcón de la fama, y me dejaste dos pisos más abajo
-un tequila, sin las dudas, y con las ganas-
En un garito que tenía pinta de 'bar del olvido'.

No me desencantes, ni me hechices con palabras tan vacías como tus horizontes.
No hagas sonar mi teléfono cada vez que me necesites, porque no sería justo.
Las veces que te necesité cerca, te hiciste el loco.

No enloquezcas conmigo, ni me hagas sangrar los recuerdos.
No intentes volver loca a una loca de remate,
ni esperes terminar la partida cuando tú y yo sabemos,
que nos tienen preparado el jaque mate.

No eres digno de quedarte mis domingos, de absorberlos
de contarme los lunares,
de declararte conquistador supremo de la curva de mi espalda.

No juegues conmigo como lo hicieron contigo.
Ni te alimentes de ilusiones que crecieron demasiado rápido.
Te mereces ser feliz.

Guarda los lunes como citas de Cernuda en el calendario.
Arranca las páginas que empapelan las calles,
las que mienten y dicen que siempre estarás disponible.

Guárdame los días impares, y los ramos de girasoles,
sabes que siempre te recordarán a mi.

Borra las marcas de mi cadera,
quema todas las entradas de las salidas que nos compartimos.
Quiéreme por ti, y por ser yo.
O decide odiarme.

Pero, por favor, voy a pedirte
que me cumplas el último deseo:

Sálvame los martes.
Sigue conjurando con tus malas artes.

Sálvame
De quedarme dormida y chocar con la vida.
De enamorarme de ti.
De sentir tan fuerte que duela.
De tener el alma intranquila
y letras sobre la piel.

Susúrrame eso de 'Sálvese quien vuela'.

Porque nunca dijimos que esto tuviera sentido.
Y éste no es más que un viejo enemigo
al que condenamos en el mejor de los infiernos
hasta quedarnos dormidos.

Sálvame de hacerte daño,
de enumerar las estrellas y vivir para contarlo.

Sálvame de las canciones y sus orillas.

Quédate.
Llévame a tu playa más bonita.
Rellena mis enredos con las sales marinas,
y baila los asteroides de mi cuello a mis rodillas.

Sálvame los martes.
Son los únicos días que puedo sentirme vulnerable.

Y vuélveme a pedir permiso,
para quedarte a vivir en las comisuras de mi sonrisa.


miércoles, 1 de marzo de 2017

Y te quedas

Busca más piedras, más de las que rebosan por las orillas.
Sumérgete en el mar de tu cabeza para encontrar la vida que te falta por las venas.
Y luego siéntate.
Yo te contemplo como un niño con zapatos nuevos.

-Cuenta los granos de arena.- Te dije- No pares, ni te levantes, ni digas que estás cansado. No murmures. Ten cuidado o tendrás que empezar de nuevo.

Búscate. Búscame.
Búscanos.

-No podemos contarlos, hay muchos.- rechistaste. Y levantaste la cabeza. Tarde. Ayer. Hace tiempo. Atrás. Siempre en pasado.
Siempre fuiste de excusas.

Nuestra ecuación de charcos y piedras no tenía solución, y quizás ese fue el problema.
La marea no dejaba de hacer, con cada amanecer, más borrón y cuenta nueva.
Y la sal nos borró los nombres, y el cruce de los caminos.
Y las olas engulleron ríos de lágrimas.
Y fuimos felices sólo en el minuto y medio que tardamos en despedir a la luz del sol entre aplausos.

Luego brillaban estrellas. Y la filosofía nos quiso hacer preguntas.
 Preguntas que siempre pensé imprimirte en voz suave al oído. Por si éramos dueños de las mismas dudas.

¿Confías en el azar? ¿O crees que todo pasa por algo? ¿Eres feliz pero te sientes triste? ¿Te encanta escuchar la lluvia en los cristales pero la odias sobre tu cabeza? ¿Música para bailar, para pensar, para leer, para vivir? ¿No sabes lo que quieres? ¿Te gusta contradecirte? ¿Confías en ti? ¿Y en mi? ¿Subes o bajas? ¿Medio vacío o medio lleno? ¿Eres establemente inestable? ¿Y perfectamente imperfecto? ¿Verdad o mentira? ¿Ayer o mañana? ¿Te faltan respuestas?

Siento destruir tu exclusividad a choque de pestañas y que mis labios trunquen tus esquemas.
Pero no eres la única persona que siente.

[Que siente, que sufre, que ríe y llora,
que roza, que araña, que sigue, que cae,

que se levanta y que no puede,

que guarda ganas y  quema kilómetros.]

No eres el último que 'hoy no', que 'mañana será otro día', que 'qué frío tienes el corazón y qué limpias las heridas'.
No eres la única persona que pasa temporadas con pies en la tierra y la cabeza en el limbo.

No somos porque el mar no nos quiso a su imagen y semejanza. Porque venimos de brotar en tierra de nadie y porque ya no estamos solos.

Somos muchos.
Pero recuerda, mi limbo es el de la puerta entreabierta, el de las velas a media mecha, el de la música alta y las madrugadas, el que tiene un barco tan poco pirata que le falta hasta tu bandera.
Mi cabeza la de los pájaros que aún no alzaron sus alas al vuelo.
Mis ojos de los colores de los que se levante la naturaleza, los sin fondo, los del corazón varado.

Recuérdalos por si te das cuenta de que respiras, y sueñas.
De que eres tú.
No olvides, por si algún día regresas,
que para bailes y poesía siempre me queda tiempo.

No borres ese condicional en el que podríamos vivir tú y yo.
Si vuelves,
y te quedas.






domingo, 26 de febrero de 2017

Pablo

La vida golpea de nuevo.
Pero él se ha ido sin dejar de luchar.

En cierto modo, él lo sabía, y todos.
Sabía que tarde o temprano pasaría.
Nunca pensé que este momento llegaría más temprano que tarde.

Llevaba mucho sin saber de él, sin leer noticias suyas de algún tipo.
Podemos pensar que lo hemos perdido, que no vamos a volver a ver su eterna sonrisa, ni a escuchar palabras de aliento cuando creamos que no queda nada más que hacer.
Podemos creer que es injusto, que era joven y tenía toda una vida por delante, que por suerte o por desgracia todos con venimos fecha de caducidad.

Pero él se ha ido luchando, con más ganas de vivir que ninguno de nosotros. Se ha ido haciendo algo que muchos no descubren en vida- viendo el lado bueno, lo positivo, lo mejor- aún queriendo acabar con su sufrimiento.

Había encontrado el motor para que tantos como él tuvieran más oportunidades, se les llenasen las cabezas de ideas y pelearan por sus opciones sin sentirse derrotados.

Pablo era sinónimo de fuerza. Era y es. Porque es verdad eso de que solo muere quien deja de ser recordado.

Aún antes de que la leucemia decidiera arrebatarle el tiempo, Pablo era titán entre mar de dudas.
Lo supo pronto y se armó de valor para hacer ver que había salida de emergencia dentro de aquel habitáculo repleto de gente. Que no podía permitirse parar y  estaba en su mano conseguir cosas inmensas a partir de pequeños gestos.

Pienso que descubrió el significado de la vida demasiado deprisa.
Y esta quiso llevárselo.

Pero no se ha ido perdiendo.
Le ha ganado la batalla a la leucemia.

Pablo 1- Leucemia 0

Ha hecho que se nos encoja el corazón y nos esforcemos en valorar la vida. Que borremos nuestras cuitas insignificantes, que nos sintamos estúpidos con nosotros mismos.

Nos ha hecho donantes, de médula, de sangre, de vida y de esperanzas.

Ha movido masas susurrando verdades que nos pegan en la cara silenciosas todos los días.
Para los que lo conocimos, un placer coincidir en esta vida, y un corazón un poco más vacío de la cuenta.

Si hay algo que me haya quedado por decirte, es buen viaje, campeón.
Vuela alto.

Cuídanos desde arriba.