lunes, 21 de agosto de 2017

Quiéreme lento.

Hablemos.
Digámonos todo lo que nos hace ser más fuertes, desvistamos nuestras debilidades sin poner precio a nuestras cabezas.
Hablemos siendo escuchados.
Hablemos en silencio, y con los ojos.
Vamos a hablar de una vez.
Sin que yo tenga miedo, sin que tenga que pasar de puntillas por si te enfadas otra vez. Sin que yo tenga que medir mis actos ni tú tus palabras por miedo a perder.

Seamos como siempre. Como nos han hecho, como nos hacemos.
Seamos más.
Seamos nosotros, por una vez.

Decidámonos en presente, tal vez más adelante tengamos que trazar las líneas de un futuro juntos.
Tampoco te pido que te olvides del pasado. Tómalo como un regalo, por todo lo bueno que nos hemos hecho.

Ven.
Sé fuerte. No cubras tus oídos, escúchame.

Escucha que de lejos suenan las notas de un verano maravilloso. Siente todo lo que nunca llegaremos a hacer y atrévete.
Abrázame.

Atrévete a abrazarme por la espalda y a cambiar mis pasos de puntillas por bocanadas de aire frente al océano.
Mírame y dime qué es lo que te importa. Y lo que no.
Qué necesitas.

Déjame describirte con versos todas las lunas que vengan con melancolía.
No te cortes. Te voy a dejar hacer hasta que se nos vaya el sol pero
por favor, no tengas prisa.

Quiéreme lento.

     Sense8

miércoles, 2 de agosto de 2017

Lunática los lunes

¿Y que hago yo con cada regreso que tu recuerdo?

Una película no, por aquello de que segundas partes se dice siempre que nunca fueron buenas.
Me gustaría decirte todas las palabras humo sin que pienses en mí como una lunática.
Hablo de palabras humo refiriéndome a lo que se quedó sin decir.

Podría escribir otra carta más, repasando las letras de tu nombre en un sobre que nunca descansará entre tus manos. Pero terminaría donde todas las demás. Junto a mi miedo, en el cajón de la izquierda.
Podría no tener miedo.
Podría atreverme.
Podría poder.

Me gustaría susurrarte tanto que cuando te imagino ante mi las palabras se desvanecen.

Sin que cada lunes caiga sobre mis ideas el mismo piano de cola desde el séptimo piso, vistiéndose con tu aroma.

Quizá fuera una rendición a destiempo. Una bandera blanca sin oportunidad de llamar al parlamento.
Sin más saqueos ni robos que los de unos ojos demasiado hambrientos.
Pero de nada sirve declarar culpable si no hay arrepentimiento, ¿no es así?
¿No significa lo mismo un adiós que un hasta luego?

Explícame entonces, qué clase de brujería tuve que hacer para que te marcharas, porque yo no la recuerdo.

Si me acuerdo que me encantaba jugar a tocar la luna garabateando sobre los puntos que formaban los lunares sobre el mapa de tu piel.
Y que nos sorprendieran los meses de verano persiguiéndonos las bocas.

Que a bocanadas de aire hechas burbuja, solo nos ganaban las sirenas.
Y siempre quería contar estrellas, volviendo a poner cada amanecer el contador a cero.
Quemar heridas, para dejar cicatrices.
Ellas fueron al final las que mostraron nuestras fortalezas.
Recuerdo que también quise convertir toda las tardes en los malditos domingos que nos perseguían, y hacernos los perseguidos.

Porque si la vida es eso, una carrera, quiero acabar sin aliento sobre tus brazos y a la primera.
Pero eso yo antes no lo sabía.

viernes, 21 de julio de 2017

Lobo de mar

Él cree en el destino.
Aún así, no es una persona idealista. Sabe hasta dónde puede llegar, cuáles son sus metas y los pasos para cumplirlas.

Y sin embargo, cree en el destino.
Me pregunto qué tipo de hada negra le encandiló en el pasado para hacerlo creer en algo cuando ni siquiera era capaz de creer en si mismo.

Se había ido abandonando con el tiempo.
Las ganas, raídas, se empeñaban en no dejarle desnudo.
El exceso de vello que poblaba sus facciones ya no dejaba admirar la perfecta proporción que escondía su rostro.
Algunos dicen que fue un lobo de mar en el pasado, que su barca había sido hallada a la deriva y los últimos restos de su vida se habían quedado encallados sobre las rocas.

Hasta aquella noche de luna llena,
en la que amaneció llamando al destino, posado en tinta sobre sus labios, y con un tímido brillo, casi imperceptible en la mirada.

Había vuelto a creer.
Hasta hoy, que se ha encontrado de bruces con la vida.
Una vida que lleva mi nombre, y todas las puestas de sol que nos hemos compartido.
Ha vuelto a confiar en el mar.
Sus facciones vuelven a ser perfectas y visibles y guardo sus besos sobre la línea que une sus dedos con los míos.
Desde aquella playa sabemos vivir separados pero nos hacemos falta para sobrevivir.

Nadie sabe quién era la misteriosa joven que descendió la colina hasta hundir los pies en la arena.

Nadie conoce mi nombre, sólo él.

Y mi incógnita seguirá siendo suya hasta que el destino- con tinta o sin ella- borre nuestras huellas del camino bajo su costado.

Mientras tanto, somos. Estamos. Y parece que empezamos a volar.
Dicen que mañana vuelve la luna llena, y que las grandes cosas están bañadas por ella.

Como el recorte de su silueta, cuando cree que soy yo la única que lo mira. Y confieso que podría seguir así todas las vidas que me quedaran.



sábado, 8 de julio de 2017

No te reconozco

No he llegado a conocerte.
Me refiero a tratar con la persona en la que te has convertido.

Desde la primera vez que nos vimos han pasado ya unos años. Cuando éramos demasiado pequeños e inocentes como para conocer las dimensiones de un beso.

No he llegado a tiempo, pero aún nos queda ¿no?
Últimamente tu recuerdo hecho hombre no se escapa de mi cabeza. Y tengo ganas de verte.
Tengo en la punta de los dedos la nostalgia de  tiempos pasados en los que todo era fácil. Y la mayor complicación empezaba con una caída y terminaba con betadine y tiritas.

Siento curiosidad. Me gustaría saber si me recuerdas; y si es así, cómo lo haces. Si es con cariño, con odio o con tristeza.

Yo en un principio te odié. Quizá en exceso. Porque los te quiero no se dicen en las despedidas y a quemarropa, cuando sabes que el tiempo pasado no regresará ni nos será rutina.


Te odié con las entrañas para sacarte de mi recuerdo, en vano.
Porque comprendí que habías formado una parte imprescindible de una de las etapas más felices de mi vida.
Y me descubrí queriéndonos desde tan niños.

Sé poco más de ti que tu aspecto, pero te sigo pensando y soñando al menos dos lunas al año.
Cuando la necesidad de querer me exprime la cabeza y destapo las reliquias.

Creo que no se lo he dicho a nadie, quizá por vergüenza pero, ¿recuerdas aquel colgante que me regalaste?
 
Lo sigo teniendo, once años después.
A lo mejor con el pretexto de canjearlo y volver a cruzarme en otra vida con tus ojos verdes.

        (My girl- Macauley Cuklin)


a J.


Egoísta

Aquel fue la mejor estampa que había fotografiado en años.
Y aun guardaba aquella foto en blanco y negro a buen recaudo.
Me gustaba el blanco y negro por egoísmo, porque quería quedarme con los colores solo para mi. Así a los demás les faltaba una pieza para completar la belleza.

Fue una de mis fotografías más apreciadas. Sería por lo mucho que te quise: rápido y a gritos.
Para que el mundo envidiara nuestra felicidad.
Me encantaba verte amanecer mirando al horizonte.
Siempre te levantabas con las primeras luces y lo único que adivinaba era tu silueta de perfil confundiéndose con el paisaje.

Me gustaba que te colases entre mis sabanas cuando mis sueños no eran de nadie. Echándole la culpa al tiempo o a la música. Hablándome bajito al oido y deseándome las mejores noches.
Pero no te diste cuenta que no hacían falta las palabras, contigo amarrado a mi espalda siempre lo eran.
Y luego vinieron las canciones y todas las cuerdas de tu guitarra.
Y allí me quedé.
Esperando a que el invierno dejara de ser frío sin ti.
Esperando un aguacero que nunca llegó, y desafiando con abrigos que todavía llevaban tu nombre.

A mi, que presumía de memoria, se me habían olvidado nuestra primaveras.
Pero tus canciones siempre sonaban en el tocadiscos del salón y nunca he podido evitar que me tiemblen las rodillas cuando te oigo cantar.



a D.

viernes, 30 de junio de 2017

Plage - Crystal Fighters

Puede que no fuera la mejor playa del mundo, que cada año tuviera menos metros de arena para regalarle al mar o incluso,
que cada verano que volvíamos a ella, el número de paseantes superara al de caracolas.

Puede que su orilla hasta deje de existir algún día o que los atardeceres no se vean tan bonitos. Pero, ¿sabéis qué? De todo el sur, ese es mi lugar favorito.

Allí he pasado momentos maravillosos con personas que ya forman parte de mi.

Es mi lugar favorito de entre tantos porque  me vuelan las horas sin tener que mirar las manecillas del reloj. Por todas las risas que se nos esconden entre los granos de arena. Porque siempre me he declarado una enamorada de los atardeceres, y es que aquellos me los guardo siempre.

Puede que la compañía también tenga algo de culpa, pero es que hemos hecho de ese muro blanco junto a la pequeña playa un hogar. Un sitio al que regresar cada vida, con ganas en exceso y pieles blancas e inmaculadas.
Un lugar al que escapar cuando creer que eres el único que tiene problemas.

No. Allí no están las soluciones a tus problemas, pero los sientas en el banquillo mientras sigues arbitrando el partido de tu vida, mientras te declaras goleador supremo de la final del mundial.

Me han preguntado muchas veces a qué llamo "casa".
Siempre he asegurado tener el corazón dividido.
Y no miento.
Qué más voy a decir con veinte años que la ciudad que me vio nacer haciendo frente a la que me ha enseñado a vivir.

Málaga sosteniéndole la vista a Compostela. Compostela sonriéndo recelosa. Aunque creo que se llevarán bien.

Vivo enamorada de la segunda, de sus calles, de su gente. Adoro su lluvia tanto como sus escasos azules.
Pero a la hora de responder a ese "casa", sin pensarlo, me veo sobrevolando el sur.
En grande, en mayúscula y con la tipografía de primera plana de periódico, en tinta negra.

SUR

Y bajo él, nuestra playa, otra tarde de tantas que tiene el verano-aunque se nos antoje efímero- con ellos, a los pies de mi toalla,
y el mar de fondo.

Con el sol resistiéndose a marchar, echándole toda la culpa a las nubes.

Casa.


Musarañas

Como los restos de una barra de labios que no ha cumplido su función de durar toda la noche.
Como un verano sin sal.
Como las grietas desgastadas de los mismos labios y sin beso.
Como los excesos del carmín fuera de la comisura de tu boca, declarándote único culpable de mis desperfectos; haciéndote más payaso de lo que nunca juraste ser.
Como querer creerte el Joker con la mayor de las sonrisas en noches tan negras como su peor enemigo.
Como las restas mirando desde la barra de nuestro bar favorito: el más vetusto y olvidado de Madrid.
Como nosotros olvidándonos de sumar. Pasando directamente a las ecuaciones complejas y de números irracionales.
Como una prenda con aroma inconfundible. Esa que aún con mil lavados, seguirá siendo persona.
La que tiene el poder de atraerte hasta aquel abrazo.

O tus ojos jugando a encontrarme desde el marco de la puerta. Y los míos escondiéndose tras las sábanas.
Y tus manos jugando a todo menos a las caricias.
Como cuando éramos epicentro de todo terremoto.
Como los domingos al sol.

Eso fue todo.
Todo lo que te supliqué al descubrir que podíamos quemar las ganas y desplegar de nuestras espaldas algo tan maravilloso y absurdo como unas alas.

Cuando la única preocupación real era salir con vida, debatiendo con argumentos de papel entre amanecer y anochecer.
Cuando no importaba el lugar para pasar la noche, porque ya la pasábamos nosotros sin lugar a dudas.

Cuando nos convertimos en hogar,
y todo lo demás le fue siguiendo por detrás.

Y ya no eres el centro de todas mis conversaciones.
Y mi lengua se muerde ignorándome el pensamiento.
Y ya no piso sobre tus huellas.

Solo me queda un recuerdo.















(Mia Wasikowska, Matthew Goode; Stoker)






jueves, 22 de junio de 2017

730 días

Si no te conociera diría que me echas de menos, que me has echado de menos todo este tiempo y que nuestros días separados no han sido más que un error de cálculo.
Si no te conociera diría que sigues teniendo ese orgullo intratable a modo de excusa. Que las cosas se ven más bonitas desde el recuerdo, que para qué vas a mancharnos las manos de tinta y cariño en algo inútil.

Se nos olvidó que los rotos podían coserse. Y siguen justo cómo y dónde los dejamos: rotos en el fondo del corazón.
Si no te conociera me atrevería a decir que las personas pueden cambiar si se lo proponen, que sin mí has sido feliz, que te has convertido en quién eres ahora a base de sudor y lágrimas, que no eras tan fuerte antes o te gustaba dejar de serlo sólo si yo rondaba cerca.

Creo que algo más de setecientos días se ciernen sobre nosotros jugando al despiste como una maldita pesadilla. Una pesadilla de la que siempre despiertas pero que te espera cada noche cuando vuelves a cerrar los ojos.

Estás detrás de todas las cartas que escribo desde que (me) faltas. Los aviones y las canciones me regresan tu recuerdo, y mira que he intentado eso de vivir en el olvido. Pero no puedo. O no sé, ni quiero saber cómo demonios se consigue.

Si no te conociera pensaría que te alegras de verme cada nochevieja, que tus 'me gusta' son para recordarme que estás.
Pensaría que quieres hacerme responsable de los daños colaterales y que me invada la culpa por marcar con un adiós las páginas de un libro que no terminaba de creerme.

Te he querido con todos los rincones de mi ser. Lo mejor de mi inexperta experiencia y todo lo que me dejaste.
Pero también confieso que te he llorado mucho y mal. Y me he quedado estancada en cada uno de los abrazos que ya no me pertenecen.

Puede que ese haya sido mi error: creer que te conocía.
Presumir de que no le tenía miedo a nada y de mi seguridad hacia las despedidas.
Cuando quieres a alguien, por mucho que las anteriores sean necesarias, tratas de lanzarlas lo más lejos posible. Eliminar de tu cabeza todo pensamiento que se corone bajo la palabra fin y vivir tu vida exprimiéndola al máximo.
Pero ahora puedo decir que sigo muerta de miedo.

Mi error también fue pensar que solo me duelo yo y hacer de un recuerdo mi único mundo.

Es cierto que siempre hay segundas oportunidades.
Y que pertenecemos a un grupo heterogéneo de individuos del que sobresalen dos tipos de personas.
Las que se enamoran en silencio, mientras la vida les pasa. Y como buenos secuestradores de palabras, arrastran el dolor consigo, siempre.

Y las que se enamoran a gritos, y corren y no se rinden y crean las oportunidades que les hacen falta para ser felices.
El mundo pertenece a las segundas.
Y las palabras hace tiempo que no salen realmente de mis labios.



viernes, 26 de mayo de 2017

Agnosia

Nombre. f. Incapacidad para reconocer e identificar las informaciones que llegan a través de los sentidos, especialmente la vista.


No saber.

No saber, ni acordarme de las cosas que me eran importantes. No saber cuándo sale el sol por Compostela y cuando debutará la lluvia.
No saber porque el corazón se cansa y no lucha, no sangra.
No saber en qué día andas viviendo porque todos se convirtieron en el mismo. Uno solo.
A escasas horas de la miel, que amenaza con rozarte los labios en sueños.
Aunque ni haya miel en el tarro ni sea siempre primavera.

No saber las canciones y necesitar cantarlas para desatar tifones sobre las antípodas.
No saber de que forma comprimir más tu cerebro para que se disuelvan los restos de tu energía.
No saber si no te ha mirado por falta de belleza o excesos de compromiso.

No saber si la toalla se tira, seca, moja o envuelve cuerpo y protege corazón.
No saber cómo decir lo que duele, cómo soltar lo que alegra o cómo dejar la mente en blanco.

No saber si la última vez fue esa, o la anterior.
No saber lo que pasas en el mundo por no tener tiempo, pues todo lo inviertes en saberes que nunca terminarás de saber.

No saber si la vida te va a durar siempre, lo que tú te esperas o si se te escapa.
No saber si el siempre, siempre significa lo mismo y el nunca no.
No saber si las gotas corren o vuelan hasta tus mejillas.
Si el mar, depende de la luz, se ve aguamarina o turquesa.
Si las lágrimas saben saladas o dulces según el motivo que las derrame.
No saber si es estás en el desvío correcto.
Definiendo correcto como el que te dicta el corazón.
Querer aprovechar la vida a ciegas y acabar con los lamentos.

No saber nada.
Y querer  saberlo todo.


lunes, 22 de mayo de 2017

Óbito

La habíamos visto reír de cerca y de lejos. Ganaba mucho en las distancias cortas. Helaba hasta el calor más sofocante del desierto con tan solo despegar los labios. Se los pintaba de un color berenjena que le quitaba la última de las vidas que hubiera podido tener- si alguna vez las tuvo.
Vestía según el día, siempre en tonos oscuros pero los martes era la reina del baile. Elegante y sofisticada- y lista para salir en la contraportada de las mejores revistas. Decían que nunca había hablado con nadie, que ningún alma tenía el suficiente valor para acercársele.
Sin embargo, era la única que se atrevía a hacer pactos con el demonio- sin palabras. Le prometió cielo, tierra y mar con tal de tenerlo comiendo de su mano. Arriesgó todos los ases de corazones de la baraja y se guardó en la manga de su chaqueta un as de picas destrozado.
Decían que destrozado porque sobre él habían caído restos de la lágrimas, de sudor, sangre y piedras y ya apenas se distinguía la simbología de color tizón sobre el lienzo blanco.
El demonio no sabía nada de ases. Él prefería jugar construyendo una escalera de color.
Inepto de él- se sintió engañado cuando ella le enseñó a quemarse con su propio fuego. Dejó de mirar y se sintió desvanecer cuando, al buscarla de nuevo, no encontró el reflejo de un pelo que tanto le calmaba las heridas.
Se había enamorado de una belleza fría. Fría por el hastío, por el paso del tiempo y los olvidos. Fría que bajo toda aquella coraza de invierno, aún guardaba un músculo rojo sangre que se revelaba contra las leyes de la naturaleza. Que quería seguir latiendo y querer a voces.
Ambos habíamos decidido rondarla. Descubrir si eran ciertas todas las habladurías. Llevábamos tiempo viviendo en el mundo a escondidas. Pensábamos que no podíamos más, que todo el peso  era responsabilidad nuestra y lo cargábamos sobre los hombros.
No la conocíamos de nada pero nos había arrancado de cuajo pedazos de nuestros corazones.
Qué ingenuos éramos entonces. 
Débiles, no aptos para la vida bajo grandes presiones. Al borde de todos los colapsos inimaginables.
Sólo queríamos decir adiós. Sin importar el quien, el cómo o el dónde.
Todos los martes y trece la esperábamos bajo la escalera. Los días impares me tocaba romper los espejos, mientras él derramaba montañas de sal. Los pares cambiábamos las tornas y algún fin de semana suelto nos cruzábamos con los gatos negros.
La buscábamos en callejones oscuros, en los ojos de los perdidos. Llegamos a buscarla en la tristeza de los finales y en las últimas páginas de los libros más macabros,
pero nada.
Era ella quien decidía cuando aparecerse y estaba claro que con nosotros no tenía planes por el momento.
Eramos nosotros los que queríamos buscarla, pero porque no cesaba de atormentarnos la idea de un viaje a cualquier otra parte.
Ironías de la vida, que siempre haya sido al revés.
Por eso y porque muerte, dicen que es nombre de mujer.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Fantasmas del pasado

Nos hemos convertido en eso.
En otro de los fantasmas del pasado que vaga por entre vagones de metro.

Siempre he querido probar la vida de la capital pero
si tuviera que elegir una ciudad donde perderme con mi fantasma 
sería Roma.
Tanto tú como yo elegimos aquella maravilla como último destino.
Siempre nos quisimos creer Audrey Hepburn y Gregory Peck recorriendo los alrededores del Coliseo en vespa, por un afortunado accidente.

Podrán seguir pasando años pero sé que tu recuerdo regresará a mi el mismo día de mayo.
Lo bueno que tuvimos, aunque efímero, fue que nos construímos sobre ganas y sonrisas.

Noche de mayo.
Fuera hay quienes no quieren seguir con la vida; otros, exprimen la noche por encima de sus posibilidades  porque le tienen miedo al día.
Hay quienes, como yo, les invade la morriña en días señalados.
Hay tatuajes que se quedan en la piel sin tinta.

Suena Rosana. 'Si tú no estás aquí' como sabiendo lo que sucede, golpea mis oídos y los de mi fantasma.

Compostela está igual de confusa y colapsada que nosotros.
No sabe si llorar o reír, si llover o quemar. Pero está preciosa, como siempre.

Me recuerda a ti, a lo mucho que te gusta descubrir nuevas ciudades lo que disfrutas viajando y viendo mundo, y aún no conoces la mía.

Puede que no volvamos a sernos, pero aún tenemos muchas cosas que decir, muchos paseos en globo que se quedaron en el tintero y aquel viaje,
a Roma.


(Vacaciones en Roma- Audrey Hepburn y Gregory Peck)


lunes, 15 de mayo de 2017

El imbécil más afortunado del planeta

Juegas a sentir las gotas de lluvia sobre tu pelo. A no despreciar ninguna.
Siempre has adorado el agua.

Las tontas de las gotas se confunden con las perlas que emergen de tus ojos. No consigo distinguir cuál es cual.
Me pregunto desde no tan lejos porqué estarás llorando. Maldigo mil y una las veces que hayan podido inundar esos ojos que carecen de salida de emergencia. Mi cabeza divaga sobre qué rondara la tuya.

Mientras, adivino el vapor que te avisa de que la ducha tiene la temperatura perfecta.
Para no llegar a más extremos.
Terminas de deslizar los restos de tu ropa interior por entre las piernas, y acaban en algún lugar de tu habitación fuera de mi campo de visión.

Cierras la ventana de la vida, y te alejas de los grises que contrastan con la alegría de los transeuntes.
El dorso de tus manos se estrella contra tus mejillas y desprecia los restos de humedades que ahondan las cuencas de tus ojos.

Y luego te me desapareces.

Siete minutos.
Es el tiempo que tardas en volver a aparecer por tu ventana cubierta entre toallas.
Yo no he apartado la mirada de las únicas luces que descubrí en el edificio.

A veces necesitamos esas duchas eternas de siete minutos.
Para que el cuerpo hierva y la piel se torne sonrosada. Esas duchas en las que encuentras las respuestas a tus problemas.

Ya no tienes lágrimas. Parece que ahora te has vestido de sonrisa. ¿Eres así siempre?
Me recuerdas al mar. A cuanto echo de menos las tardes con ella. Te pareces mucho.
No recuerdo su nombre, o no quiero recordarlo.

Te acercas al armario y jugueteas indecisa con las prendas del interior. Eliges una sudadera de una talla demasiado grande.
No te la pongas, quédate así.

Pero tú no me oyes los pensamientos.
Ni siquiera sabes que te espío desde mi ventana, entre las sombras.

Te colocas la sudadera y los recuerdos regresan a mi cabeza.
Claro que me acuerdo de su nombre.
Marina.

No te pareces. Eres tú.

Soy el idiota que te rompió el corazón.
El estúpido que te dejó escapar.
El que no sabe cómo explicarte que perderte fue pecado capital.

Llevas puesto lo único que te quedó de mi.
Los restos de la arena que quedaban en ella ya no los veo.
Has cambiado las olas y los atardeceres por la lluvia.
Las balas, por los conciertos, y las risas por las lágrimas.

Me pregunto si ahora también preferirás el norte, a tu querido sur.

Tengo miedo a decirte que no te he olvidado.
A que el “no" vuelva a ser el juez de nuestra historia y la distancia, mi abogada de oficio.

No había vuelto a saber de ti.
Hasta aquel noviembre que decidí venir a buscarte al norte.
Venía con el propósito de convencerte de que me gustaba ser contigo. Quería pedirte perdón.

Y las malditas casualidades de la vida, o las bromas del destino han vuelto a apostarlo todo para ganar. Llegué al hotel en el que me hospedaba y salí a la ventana. Necesitaba un cigarrillo.
Hasta allí habían llegado las excusas.

Cuando, de pronto, te vi.
No podría confundir las ondas de tu pelo cuando te pones a bailar. 
Bailabas a carcajadas en el edificio de enfrente. No podía ver con quién hablabas pero reías.

Y cómo echaba de menos esa risa, Marina.

Te vi feliz y me dio miedo.
No quería ser yo el que derrumbara de nuevo tu felicidad.
Así que aquí estoy.
Alargando el viaje y las oportunidades.
A 72 horas de volver a ser humano, plantado ante la ventana. Sin encender las luces.
Hay dos cajetillas de tabaco en el suelo, y miles de colillas en el cenicero. Mi aliento apesta a cerveza y yo no me resisto a echarte de menos.

Iba a volver mañana. A desearte feliz vida en silencio. Hasta que ha empezado a llover de nuevo. Y con la lluvia, tus lágrimas.

Entonces sé que tengo que recuperarte.
Empleo siete minutos en decidir mi vida bajo el agua hirviendo. Bajo y pregunto en recepción dónde puedo comprar girasoles.

La floristería no queda lejos. Me acerco y consigo lo que quería. No quedaban girasoles pero servirán. Regreso sobre mis pasos y marco tu número al llegar a tu portal.

Contestas al segundo. Creo que habías borrado mi número a juzgar de tus prisas.
-¿Si?- Preguntas seria.
-Marina…
Se te corta la respiración al otro lado de la línea. Tendría que haber subido de nuevo a mi ventana.
-Nacho.- Dices entonces.- ¿Qué tal? ¿Pasa algo?

Venga, imbécil. Dile que baje. Que tienes algo para ella.

-Sólo quería saber cómo estabas y que bajaras a por algo.
-¿Bajar? ¿Qué hay abajo?
-Yo.

No te doy oportunidad a contestar. Pulso el botón rojo y espero. Te veo bajar apresurada por las escaleras. Llevas mi sudadera y unos vaqueros. Abres la puerta indecisa y me miras pidiéndome explicaciones.
Pero a mi solo me sale empezar por donde lo dejamos. Así que busco entre tus labios un beso que siempre llevó mi nombre.
Y te lo digo todo al oído. Luego las flores y tus ojos.
Veo en ellos que hay esperanza, perdón y ganas. Y que los reproches se quedaron en la ducha, con las lágrimas y los corazones rotos.
Y siento.
Más que nunca, y más que siempre.
Me siento bien, comprendido y contigo.

Y me declaro el imbécil más afortunado del planeta.



viernes, 5 de mayo de 2017

Apaga las estrellas

¿Alguna vez os han preguntado cuál era vuestro mejor recuerdo de alguien que ya no está?

A mi tampoco.
Pero si que lo he pensado.

Mi mejor recuerdo con ellas, y de ellas, son sus risas.
Sus risas que nos ponía contentos a todos, que nos entraban ganas de volver cada tarde solo por la compañía.

Sus risas que no se escuchan en el aire, pero no paran de resonar en mi cabeza.

Ellas, que se reían incluso cuando el mundo las desbordaba.
Ellas, que decidieron cargar familias a sus espaldas sin importar el precio o el esfuerzo.
Ellas, que lo han hecho todo toda la vida de buena gana y un día faltan sus huellas sobre la arena.
Ellas, que adoraban la playa, ya forman parte del mar del sur.

Y ahora es cuando emerge de entre las olas la añoranza. Cuando el cariño compite con las nubes en el horizonte.
A veces nos cuesta respirar ante tanta inmensidad con el peso de un recuerdo pero, cuando se trata de sus risas, yo siempre me siento volar.
Habéis conseguido lo que queríais, vivir. Vivir bien, vivir siempre y hacer volar a quiénes os recuerdan riendo.

Nunca imaginé que la falta pudiera hacerse persona, que tomase nombre y forma y lo arrasara todo a su paso.
Dos años comenzados con dos golpes de los que no vislumbras cura.
Nunca imaginé que 'echar de menos' le daría la mano al 'doler'. Hasta entonces.
Enero, y febrero, distintos años en meses consecutivos, menos de un año.
Meses que siempre me han gustado, pero desde hace poco, detesto con fuerza.

Mes en que vi la luz, por primera vez años atrás; mes en que ella terminó de cerrar los ojos.
Y luego otro enero, cuando empezaba a doler menos, otros ojos persiguieron un sueño eterno.

No sé exactamente en qué consiste el viaje de desaparecer del mapa.
Todo el mundo habla de ello, pero le tienen tanto miedo como respeto.

Estéis donde estéis.
Seguid riendo como lo recuerdo.



Leyendo a Rayden

Hay quien entiende la poesía como desorden ordenado, como caos milimétrico decorado en palabras bonitas.
-Quiénes quieren entenderla.
Un tetris de palabras exactas, monocromas, cumpliendo su función de manera extraordinaria.

Hay muchos poetas,
y luego está ella,
la POESÍA- que no atiende a razones.

Quienes la absorben en sus momentos de despecho, quienes se deshacen en ella, quienes la queman por no saber olvidar sentimientos desesperados.
Hay quienes, los versos les sirven de faro o de timón según sean más de mar o de tierra.
Hay quienes siguen afirmando que Poesía es nombre de mujer, y que es la madre de quien hechizó las letras.
Hay quien la usa para teletransportarse en el mundo a sus siete maravillas, quien la exprime porque le gusta la demasiado la filosofía.
Hay quien la oye, pero no la escucha.
Hay quien se tropieza con ella en bares o escaparates.
Quienes la comparten entre caña y copa.
Hay quien la prefiere en madrugadas, en noches de lluvia y velas o en tardes de verano.
Quien la deleita, quien la lee, quien la versa, quien la canta.
Hay algunos que todavía la prefieren sola que acompañada, que la piden morena, porque de rubias están las tabernas llenas.

pero, ¿quién hay?

Aún hay quienes no la entienden, a quiénes sus rimas no le arañan, quienes por no parar, no encuentran lo que no buscaban.

Es abril y mi vida no es la misma que hace un par de horas.
Como siempre o como nunca, acabo de terminar de hacer el amor con la poesía.
En voz alta- no podía ser de otra forma.
Queriendo dar alas a toda experiencia,
real o inventada que amenaza con escapar a borbotones de mi cabeza
fluyendo con versos.

He terminado "Terminamos y otros poemas sin terminar"y, que queréis que os diga, quien lo escribió es uno de los mejores encantadores de palabras de nuestros días.
Rayden o el genio de David, podeís llamarlo como gustéis.

Y a él, tenemos el privilegio y la suerte de compartirlo en vida.
¿Cuánto quisimos preguntarle a Bécquer, a Cernuda?¿Cuánto a Mario Benedetti, Alberti?
¿Quién no sigue llorando la muerte de Lorca sin conocerlo?

Con David Martínez somos capaces de seguir sus progresos, de no olvidar los ojos que nos conducen a todas las salidas de emergencia por las que nos planteamos la huída.
Siempre me he sentido insegura, y he dudado de todo, menos de estar viva.
Supongo que dudar es humano, ¿no?

Nunca he terminado de sanar el dolor del corazón por mi sola pero,
sé que soy experta en hacerme daño y adorar a la poesía en partes iguales.
Gracias, David, por tu parte de culpa.

Sé que siempre pueden decirte lo mismo y que está en tu mano tomarlo de una forma, de otra o incluso no tomarlo, pero te digo algo más:
En el sur, de donde vengo, siempre termina por salir el sol y hoy, curiosamente, no se ha dejado ver.
Ha entendido que se quita el sombrero ante tu magia.
Me dijo que los versos y los besos, solo los repartes tú.
Que tenía miedo de salir y que no le mirasen.
El mar olea algo triste, en su escala de grises.

Y yo, que no me sé ni en que fase camina esta noche la luna, muero de ganas de que vuelvas para contármelo.



martes, 2 de mayo de 2017

Desquerida

'Come away with me in the night'

Suena Norah.
Domingo lluvioso de abril y ella piensa en el daño.

En lo que significa, lo que abarca. Piensa en hasta dónde se extiende.
En quién lo hace y quién lo siente.

Percibe muchos dolores distintos pero no alcanza a discernir cuáles son exactamente sus diferencias.
¿Que si le duele algo?
La pregunta de aquel conductor de autobús la persigue sin descanso.
No le ha contestado nada.

Si. Podría decir que si.
Le duele algo.
Pero no ha encontrado ese dolor en los libros.

Ella cree que le duele el alma.
Cree que es eso, porque no se parece a ningún otro dolor que haya experimentado.
Porque no se resuelve con remedios de farmacia, no con cuidados excesivos, los ha probado todos.
Sin embargo, si que cede a los abrazos.
Y se termina al notar los besos, o el cariño.

Es un dolor del que se convence que el tiempo hará desaparecer, pero siempre vuelve a recordarle que nunca olvida.

Es un dolor que arrebata sueños, que arrasa temporales, que abre amaneceres desde las arenas más profundas.

Y detrás de todo, detrás de su dolor, de las gotas de lluvia, de los domingos, detrás de Norah Jones calmándole las primaveras,
estás tú.

Que le aseguras que esta vez no va a doler. Que le susurras al oído que vas a hacer de superheroe, que se atreva a ser tu Lois Laine. Que ésta es la definitiva, y que no piensas soltarla nunca.

Pero estás equivocado porque ella no es tuya.
Nunca lo fue y se ha vuelto tan escéptica que ya no se traga los cuentos de hadas.


Liv Tyler

Cortocircuitos

Mi cabeza ha comenzado a desvariar. Hace días que tiene interferencias.

Se dedica a grabar como 'inolvidables' momentos que sé que nunca volveré a utilizar o sitios en los que -por suerte o por desgracia- no me verán perderme.
En definitiva, basura.

Memoria selectiva, la llaman.
Pero es que la mía tiene vida propia.
Y cuando más aprietas las cuerdas que se ciernen sobre sus sentidos,
más libertad necesitan.
Tienen de todo menos suficiente.

La estúpida de mi cabeza me domina
y suprime el poco espacio que me queda para las cosas indispensables.

Necesito control sobre mi misma y que la mente deje de pasearse por los lúgubres bares del olvido.

Por ejemplo, te puedo decir todas las veces que me crucé con tus ojos, o todos los días que te sentí respirar sobre mi nuca por acercarme a alguna fragancia similar tuya.

Podría relatar sin equivocarme, cómo te reías los días de lluvia. Todo porque yo la odiaba.
Cómo adorabas verme enfadada, decías que así te enamoraste de mi: siendo yo en contra del mundo.

Sin embargo no recuerdo el contenido de los tres últimos exámenes, o cuantos folios llevo pasados en una tarde. Se me empiezan a olvidar incluso las fechas señaladas.

Me he enemistado con las listas, los esquemas y los números. Los evito si me los encuentro sobre mis días.

Mi cabeza sólo sabe reflotar muchos recuerdos sin vida.
Muchos recuerdos que dejaron heridas abiertas y que creí esconder demasiado bien.

Recuerdos que ya no importan porque ni somos ni estamos.
De cómo nunca quise enamorarme, y menos de ti, siempre por miedo a un futuro incierto.

Pero el día que dijeron en clase de la vida eso de 'uno nunca elige de quien se enamora', yo no estaba presente.


Estaría demasiado ocupada aprendiéndote de memoria.



viernes, 28 de abril de 2017

Montar o desmontar corazones del Ikea

El lado derecho del corazón siempre fue de la luna, siempre quiso vivir colgado del cielo
Entre creciente y menguante y estar mas cerca de Marte.
Pero no era único, el lado derecho.

También el lado izquierdo buscaba formar parte de la naturaleza.
Quiso nadar con sirenas y surcar sus siete mares,
también llegar de polo a polo, saltándose los glaciares.

El lado izquierdo jugaba a ser sol.
Quiso salir antes que nadie y guardarse el calor de un abrazo para siempre
en un bolsillo del pantalón.
Y quiso brillar con demasiada intensidad todos los agostos.

Y esto fue así hasta que el corazón se derrumbó enfermo.
Hasta que le faltaron los aires del sur y
las penas, hechas escombros, amenazaban sus buenas vidas.

Así fue como dejó de latir.
Como con el ultimo suspiro,
dejó que la luna se hiciese sol; y el sol jugara a ser luna.

Así fue como fuimos destrozando la naturaleza hasta que ya no quedó nada.

Y nos quedamos a ciegas.
Los astros dejaron de ser; el corazón, de latir
y nosotros sólos con la absurda compañía de mil dolores de cabeza.

Fue el absurdo instante en que dejamos de creer en el amor.

El corazón heló sin que fuera invierno, y a nuestra primavera, le faltaban colores y algún que otro cantar de altos vuelos.

Y yo,
que moría por cada rincón de tu alma, dejé de ser dependiente.
Dejé de quererte aprendiendo-no sin esfuerzo- a desenamorarme.
Dejé de ser tú, para verme.

Pero nadie nos dijo que no se podía vivir sin corazón y
fuerzas en mano, le buscamos solución.

Ahora montamos y desmontamos los corazones de madera ligera en tres sencillos pasos.
Son de color blanco, no pesan nada pero traen demasiados tornillos.
Se venden a buen precio en unos grandes almacenes y se han puesto de moda.

Ahora si tengo dudas busco en las instrucciones del ikea para saber cómo montarlo.
Pero siempre que esparzo las piezas sobre la alfombra del pequeño salón acabo de la misma manera.
Uniendo las tres piezas más bonitas de la forma más impensable.
Y ante el precipicio del no saber, descuelgo un teléfono de pared de los que ya no quedan,
esperando a que 'atención al cliente' me atienda y entienda
y decida contarme en persona cómo montar corazones.

Vienen rápido, o eso dicen.
Nunca he tenido valor como para comprobarlo.

Me pasa que me arrepiento y termino colgando al tercer tono.

No quiero que venga nadie a desmontar mi corazón defectuoso.

Echo de menos latir, extraño mucho al amor y echo de menos el rojo.


martes, 18 de abril de 2017

Cuenta conmigo.

-¿En qué momento dejas de verle las soluciones múltiples a un estúpido problema?

Creo que es cuando no quedan ganas de seguir. Cuando los descosidos se convierten en rotos permanentes y las agujas y los hilos desaparecieron del costurero.

Cuando por falta de costumbre se nos olvidó coser.
Cuando las noches se convierten en días eternos, y las ojeras son la única señal que muestra tus preocupaciones al mundo. Cuando no compartes lo que te pesa.

Los problemas dejan de tener solución cuando no te molestas en buscarla o no los llamas por su nombre y los escondes.

O cuando llaman a tu puerta y tú no abres porque estás muy segura de que te fallan las fuerzas, de que no te interesa lo que tienen que contarte y de que el tiempo inevitablemente se nos escapa.

Pero te digo algo: Es cierto que entre dos los problemas del mundo no van a desaparecer. Pero  ¿y los de tu mundo? ¿qué me dices de ellos?

Cuando los problemas son en voz alta se vuelven un poco menos problema. Se te aclaran las ideas, y adivinas una tenue luz al final del camino, que te enseña lo que siempre has querido pero nunca has terminado de aceptar.
El peso se reparte. No es lo mismo cargar sobre dos hombro que sobre cientos. Cientos que lo único que buscan es algo de confianza.

Y ya ni te recuerdo el alivio. El hecho de dormir y soñar en blanco porque no quedan preocupaciones en el fondo de tu memoria. Tan sólo la felicidad de las pequeñas cosas y lo realmente importante.
Por eso, guárdatelo para ti si quieres. Pero me enseñaron que sólo vas a sufrir hasta donde estés dispuesta.

Date la vuelta. Joder, vuélvete. ¿Qué es lo que realmente necesitas?
Estoy aquí. Cuenta conmigo.


Nos da miedo ser nosotros



Ahora que vivir en pareja tiene fecha de caducidad. Que lo máximo que se dura juntos es una infancia. Que no nos esforzamos en arreglar las cosas.
Ahora, tenemos que reaccionar.

Llegó el momento de abrir los ojos.


Tengo una teoría.

Creo que ya no aguantamos vivir en pareja porque no nos aguantamos ni a nosotros mismos- menos aguantaremos a alguien que nos comparta una rutina.
Porque no terminamos de sentirnos a gusto con nosotros mismos.
E intento vagar por mi cabeza, adivinar el momento que hizo que la ficción superase a la realidad.
Adivinar cuando cambiamos los abrazos por el mundo virtual, y las experiencias por el sofá de casa.

Hace poco leí que todo esto ha pasado porque nos da miedo ser nosotros.
Cómo vamos a terminar saliendo adelante si no sabemos quedarnos solos con nuestro interior.
¿Cuándo nos cogimos miedo?

Como corroboran los últimos estudios, sentimos la necesidad de cariño virtual por no escuchar las voces de nuestras cabezas. Nos han enseñado a anular nuestros pensamientos.
Un relleno que llena nuestra vida dejándola paradójicamente vacía de nosotros.
Y detrás de este relleno está la ansiedad por querer saber más, y el deseo frenético de ‘compartir’.

Ha llegado un punto de muy difícil retorno.

Somos esclavos de las tecnologías.

Si no nos contestan en milésimas de segundos, están enfadados con nosotros. Si llevamos días sin hablar, ya nos olvidaron. Si nos quedamos sin batería, nos aburrimos. Si no tenemos conexión, la vida es una mierda. Si no compartimos momento, hora y lugar de nuestro día a día, no estamos vivos. Si se nos rompe el móvil, la culpa la tienen los de nuestro alrededor y se lo hacemos pagar con malas caras y modos.

Las máquinas controlan nuestros actos, nos supeditan a vivir la vida de los demás tras una pantalla, nos despiertan antes de que amanezca, o de madrugada si cometemos la estupidez de no ponerlas en silencio.

No condicionan los lugares a visitar: Que tenga enchufes, que haya wifi, que sin cobertura me muero, que necesito la mejor cámara para enseñarle al mundo lo bien que va todo-cuando la realidad es bien distinta.

La realidad es que somos personas inmensas en su soledad pidiendo a un mundo hostil una pizca de cariño.
Un cariño que no llega porque cada cual está ocupado en seguir presumiendo de vida.


Ya lo andan diciendo con eso de ‘las máquinas dominarán el mundo’.
Un momento. No es futuro.
No maquillemos también los verbos
(Volvamos a la nueva creencia de nada es lo que parece. Y las apariencias son lo verdaderamente importante. No quiero ser como soy, quiero ser como el resto.)

Ya lo hacen.
Las máquinas nos dominan- pero he descubierto que sólo hasta donde nosotros estamos dispuestos a dejarles.

Quizá el problema resida en que nos hemos olvidado de vivir la vida.
Y hemos concedido a las máquinas del demonio el beneficio de la duda, que desbanquen a la raza humana.



(Joaquin Phoenix- 'Her')




domingo, 9 de abril de 2017

Tienes la culpa de que sea feliz

Creo que se pueden tener personas favoritas.
Personas que te hagan de bálsamo y de adrenalina según el momento que estés surcando.
Esas con las que secar lágrimas enternece, pero reír es la mejor de las aventuras.

Llevo tiempo pensándolo: 
Eres una de mis personas favoritas.

Puede que esto suene a lo de siempre.
Que seamos dos más que lo tienen todo dicho, pero a mi me apetecía recordártelo otra vez.

Por si sufres pérdidas de memorias y se te olvida que voy a estar siempre contigo, por si no puedes más y te crees que se acaban los sueños cuando abres los ojos. Por si alguna vez se te ocurriera apagar los restos de aquella hoguera de San Juan que nos hizo cruzarnos para siempre.

Me apetecía recordarte lo especial que eres y lo mucho que te quiero.
El mundo tiene muchas personas viviendo y pisoteándolo día a día, y qué paradoja que cada persona sea un mismísimo mundo.

Me gustaría saber cuantos mundos encontraríamos entonces sobre el planeta tierra si nos diera por buscar.
Y cuantas vidas estarían conectadas por el detalle más insignificante.
Eres uno de los especiales de mi mundo, y con eso, me basta.

Gracias por no asustarte de mis lágrimas , por no salir corriendo las veces que has descubierto mis miedos, por cogerme la mano cuando me creo eso de la inmensidad del mundo.
Gracias, por enseñarme a ver un vaso medio lleno de ilusiones y dejarme volar con los pies en la tierra. 
Gracias por las llamadas en los peores momentos, porque siempre me ha gustado escuchar tu voz para borrar tantos kilómetros.
Gracias por estrellarme contra mis sueños, animarme a cumplirlos y no rechistar las veces que sabías que me equivocaría.
Gracias por ese hueco perfecto que me dejas entre tus brazos, por las veces que me  dormí escuchándote el corazón.
Pero sobre todo- siempre decimos que la felicidad es un estado, que eso de sentimiento es muy ambiguo, que no hay palabra mas abstracta.
Pienso que la felicidad esta en todas partes, que las personas podemos tener la culpa de ella. Y tú tienes gran parte de la mía.- gracias, por ser uno de los culpables de que sea feliz.


Verano con Eme.

No sé dónde está mi yo.

No saber si te abrochas la zapatilla o deshaces la lazada.


No saber si aterriza o despega el avión.


No saber si lloras de alegría o por desconsuelo.


Realmente sé cuál es la opción pero mi yo, mi profundo yo, amor por ese calor nuestro en tus sabanas.


Y es así Julia, no quiero contigo perder ni un minuto de vida. Es así, es por mí, por lo que desde la lejanía nos abrazamos. Soy un puto iluso pensando que puedo coger las riendas del destino, para caer desbocados en el pozo de nuestros demonios. Lo correcto, lo incorrecto estamos medidos, nos ponen límites, nos ponen cada rail por el cual pasa el tren de nuestra vida. ¡Es egoísmo, es heliocentrismo! es lo que mi cabeza critica cada vez que pienso en abrazarte, besarte, rozarte… Decíamos: “nuestro consuelo es que es lo correcto” No es una esperanza para nada, pero todo está dicho o queda por decir, y yo por ti estoy dispuesto a morir, o vivir.


Suena música en mi cuarto y sé cuando estás en él, sé cuando pienso en ti, o cuando te echo de menos... Hoy no madrugaría con tal de bailarle a tu piel de madrugada más. Brindaba por esa serendipia, que un día te puso en mi vida; ahora me derramo pensando que algún día te olvide.


El equilibrio imposible  de esta historia de amor, un equilibrio el cual cae siempre por el mismo lado, por tu lado, lleno de amor. A veces me quema a veces hiela, cada suspiro que mi tórax arranca del motor. La balanza que mide nuestro amor sin ninguna compasión dicta sentencia. 

 

-Chino inoportuno



sábado, 1 de abril de 2017

'Yesterday' The Beatles, en bucle

Visto desde fuera nadie sabría explicar quién acciona el mecanismo de sus cabezas.
Noche cerrada.
Madrugada en Compostela y los estudiantes han decidido adelantar la fiesta. Un día menos.
Se acerca abril y el hielo ha decidido dar tregua a las ganas.
Desde la calle se aprecian sólo las luces de aquellos que se acostarán por la mañana.
Los que le dan al vicio y se les vienen abajo todos los esquemas antes del fin de semana.

De entre todas las calles. Una.
No es larga, ni bonita, pero si céntrica.
Una que alberga otra de tantas viviendas en las que se mascan sur y primavera.

Las voces vuelan demasiado altas para conocerse.
La música, por debajo de las expectativas
y dos de casualidad que juegan a verse de cerca.
'Quién, cómo y de dónde has salido tú.
Que haces que no hablas.'
Lo suficiente para contar media vida entre suspiros.

Miradas ajenas que se empeñan en opinar ya tienen veredicto,
y un 'Sí. Adelante' se abre paso entre las patas de las sillas.
Aprueban la elección y ella sigue atropellándolo con sus palabras.
Teme que si frena, la conversación se vaya.

Pero no sabe que él se siente como pez en el agua.
Le parece más bonita cada palabra que recalca,
y le gusta eso de no saber a dónde lleva ni lo que pasa.
Siempre ha vivido la noche sin planes,
dejándose llevar por la lluvia-
Lluvia que esta noche no aparece, y por eso está tan perdido.

Se gustan.
No piensan en complicarse.
Se han gustado desde que se han visto y más ahora que se están descubriendo  en palabras.

Ella canta y él pone las canciones.
Y sin saberlo, la suya.
Ella se emociona pero sabe disimular.
Se pregunta cuántas veces la habrá escuchado en el silencio de su alcoba.

Va pasando la noche.
Y todas las vidas del piso de sur y primavera se trasladan a la oscuridad.
Cientos de personas metidas entre paredes negras.
Alcohol en vena y algo de música para todo tipo de problemas.
Se adivinan la silueta gracias a tímidas bombillas de colores.
Y cerveza tras otra, él la saca a bailar.
Y sabe cómo. Y no se pierde un detalle.
Pero se pierde.
Llegan otras vidas. Todas las inseguridades, todos los qué diran.
Se lo llevan a ninguna parte.

Y las ilusiones se desvanecen y ellos se quedan con la idea de querer.